La Inmaculada Concepción de María

En el Evangelio de la fiesta el ángel saluda a María en estos términos: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (1,28). Se abre la visita con una invitación a la alegría. Chaire, además de significar el saludo convencional «salve», como de hecho lo usan Mateo (26,49; 27,29) y Marcos (15,18), Lucas le da una significación más intensa. Es la alegría que se solicita de Sión por la salvación que Dios le va a conceder en los tiempos finales: «¡Alégrate, ciudad de Sión; lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital!» (Sof 3,14).

Este júbilo se centra en María, porque a ella se encaminan las máximas aspiraciones de Israel. Y Lucas lo expande en los acontecimientos que adornan el nacimiento: Juan salta de gozo en el seno de Isabel (1,44); el mensaje de los ángeles a los pastores está transido por la dicha del nacimiento de Jesús (12,10), y María canta en la respuesta al saludo de Isabel: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, mi espíritu festeja a Dios mi salvador» (1,46‑47).

Dios ha elegido a María por su libre voluntad. Pero si hay alguna virtud en la que posiblemente Dios se haya fijado en María, es la humildad, es decir, la capacidad de dejar de ser ella para hacerse receptora de la relación de amor de Dios. María es como su Hijo, que dejó la gloria para hacerse un hombre como nosotros (cf Jn 1,14; Flp 2,1-9), y como expresión del amor de Dios a los hombres: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17). La actitud humilde de María la canta ella misma en el «Magnificat»: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lucas 1, 46-48). María es imagen y modelo de la Iglesia, que vive de Dios, recibe a Jesús por fe Jesús y por amor lo forma y lo ofrece a los hombres. Como dice San Francisco: «Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito,en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien. Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya. Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya y todas vosotras, santas virtudes, que sois infundidas por la gracia e iluminación del Espíritu Santo en los corazones de los fieles, para que de infieles hagáis fieles a Dios» (SVM).

María sabe ya que es de Dios. Dos preguntas dan pie a explicitar su papel dentro del plan de salvación que Dios tiene preparado para la humanidad: Turbación emocional y racional inquisitiva: «Al oírlo [a Gabriel], ella se turbó y discurría qué saludo era aquel» (Lc 1,29), y posibilidad de ser madre: «¿Cómo sucederá eso si no convivo con un varón?» (1,34). Respondiendo a estas dos preguntas Gabriel le anuncia su misión. La primera información dice de quién va a ser madre. Manifestada su pertenencia a Dios, «gozas del favor de Dios» (1,30), se le dice que será madre de un niño con todas las características mesiánicas atribuidas a la casa de David (cf. 1Sam 7,12‑16) y de clara procedencia divina, por ser «grande» (Sal 77,14) e «Hijo del Altísimo» (Gén 14,18‑20.22). María le pondrá el nombre Jesús y con la imposición del nombre viene la responsabilidad de hacerlo hombre. No termina su misión con la acción de parir, sino que, viviendo en el espacio y el tiempo, la labor encomendada debe llevarla a cabo hasta el final, es decir, hasta que Jesús sea una persona autónoma. Lucas lo recalca dos veces: «Jesús progresaba en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres» (Lc 2,40.52).

Fr. Francisco Martínez Fresneda, ofm

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