Estado de Alarma. Reflexión.

El coronavirus, la crisis que está creando, ha puesto todo patas arriba. No solo en España, sino en buena parte del mundo. La parábola de Sísifo, el hombre que lucha contra el destino. Los dioses condenaron a Sísifo a subir una piedra a lo alto de una montaña. Pero antes de llegar a la cima la  piedra  resbalaba otra vez montaña abajo y él tenía que seguir con su tarea. Ese era su destino.

Cuando todo parecía ir tan bien, cuando todos hacen sus planes, sus previsiones de futuro, sus viajes, sus fiestas, viene el coronavirus y todo lo hace añicos. Los planes del hombre se van a pique.

Sin comerlo ni beberlo, la economía se viene abajo, el paro aumenta, las fábricas no producen, el turismo se arruina. Medidas urgentes y draconianas a nivel nacional.

El hombre propone y Dios dispone. No estábamos acostumbrados a estos sobresaltos, ni a las guerras, ni a las cosas que convulsionan gravemente la vida social, ni lo habíamos visto nunca, por lo menos las personas que hoy vivimos en España. Ver las catástrofes a través de la televisión es una cosa totalmente distinta a estar padeciéndola tú.

La piedra se desliza otra vez montaña abajo y hay que recomenzar a escalar la montaña. La pandemia tiene una lectura por supuesto sanitaria. Pero se puede mirar también desde el aspecto político, desde el aspecto económico, desde el aspecto social, desde el aspecto humanitario, desde el aspecto filosófico, desde el aspecto teológico, desde el aspecto de la fe cristiana, ¿qué interrogantes nos suscita, qué reflexión nos provoca, qué actitudes personales y sociales, qué revulsivo para hacernos dar cuenta de cómo andamos, cómo vivimos, del sentido de nuestra vida…? Los teólogos del Antiguo Testamento dirían que esto es un correctivo de Dios, una pedagogía para hacernos volver al buen camino… Así interpretaban los profetas las desgracias de Israel…

Como cualquier otra catástrofe es in interrogante para la fe: ¿por qué existe el mal, por qué viene a fregarnos este virus ahora que estábamos tan bien y tan bonitamente con nuestro ritmo de vida, todo tan bien organizado, tan felices en definitiva…?

El hombre es un ser frágil. El hombre en particular y en su conjunto es un ser débil y frágil. Y ante un simple virus que no se conoce ni se domina, el hombre se siente impotente y pequeñito. El hombre moderno y posmoderno, el hombre tan autosuficiente, que casi consigue todas las metas que se propone, este hombre se encuentra tan impotente ante el virus, un virus invisible, que se extiende por todo el mundo sin poderlo controlar…

La estatua del libro de Daniel, tenía un aspecto fabuloso, pero tenía los pies de barro…Y es una imagen de nuestra sociedad, del mundo en que vivimos…

Pero quizás también tenga su lado positivo. A este hombre autosuficiente y prepotente es como darle una medicina de humildad, y que se sienta una criatura de Dios y comience a recurrir a Dios con humildad y confianza.

El Papa dijo que le había pedido a Dios que librara a la humanidad de esta pandemia.

Dios es el amo. Dios saca bien de los males. Y Dios escribe derecho en renglones torcidos. Porque sus planes no son nuestros planes, ni sus pensamientos nuestros pensamientos…

La realidad supera a la ficción. La realidad supera a la fantasía. Como todas las catástrofes, lo positivo que surge es la generosidad que se manifiesta en estas situaciones. Es solidaridad ofrecerse a llevarle la compra a unos ancianos, sanitarios jubilados que se apuntan a colaborar y otros infinitos detalles más o menos aparatosos.

Me pregunto cómo viviría San Francisco esta situación de pandemia. Como  todos los santos, y mucho más si cabe, sentía la necesidad de comunicar a todos los hombres lo que él había descubierto y vivía. Al Dios todo bien, sumo bien…

San Francisco escribió carta a todos los fieles, a todos los frailes, en el deseo de llegar a todos los hombres.

Hoy, ante esta pandemia, ¿cuál sería el mensaje de “vuestro menor siervo”…?

“Estoy obligado de hacer llegar a todos las odoríferas palabras de Nuestro Señor Jesucristo”. Como los profetas verdaderos, serían palabras de Esperanza. ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies de los que anuncian la paz… Los pies que anuncian la alegría de vivir, de ser hijos de Dios…! Para quien cada hombre o mujer tiene un valor infinito, cada criatura una hermana del Señor. El niño que dialoga con todos los seres, el hermano de cada ser humano, el que mira con simpatía y ojos luminosos a cada criatura de la creación…

Estaría sufriendo con los que sufren…Alegrando a nuestro mundo triste…Animando a confiar en Dios y a pedir por el fin de la pandemia….

(Señor Dios nuestro, ¿nuestras oraciones no van a encontrar acogida en tu corazón de Padre…? Sabemos que somos pecadores. Que no merecemos lo que cada día nos regalas; que muchos ni piensan en Ti ni te aman; que muchos incluso no creen siquiera que Tú existes… Pero eres nuestro Creador y nuestro Padre. Y ahora, ha venido sobre nosotros de forma inesperada, este azote sobre toda la humanidad. Ni lo podemos soportar, ni lo podemos dominar ni lo podemos eliminar… Somos débiles, una multitud de niños asustados sobre lo que se nos ha venido encima…)

San Francisco siempre nos trae un mensaje de esperanza. Que los franciscanos de hoy tengamos también un mensaje de esperanza con cada palabra, cada gesto, con cada actitud, con cada servicio… para nuestros hermanos, para nuestro mundo temeroso y asustado…

Dios quiere que seamos felices. Que todos los hombres y mujeres seamos felices, para eso nos ha creado. Y un mundo feliz es aquel donde hay caridad y amor, porque donde hay caridad y amor, allí está Dios…

Fr. Vicente Prieto Rodríguez

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