Un año de la encíclica ‘Fratelli tutti’. ¿Qué ha cambiado?

Hace un año de la firma de la encíclica Fratelli tutti por el Papa Francisco, “y queda mucho que construir para que podamos hablar de la existencia de una verdadera fraternidad universal”, señala el autor, que anima a ir dando pasos con esperanza.

Cuando hace un año veíamos al Papa Francisco firmar una encíclica a los pies de la tumba de San Francisco de Asís, muchos pensamos que, con semejante bendición, un documento así tendría que ser escuchado por el mundo. Sin embargo, a simple vista no parece que este mundo haya cambiado mucho.

Era la segunda vez que el Papa Francisco usaba una terminología franciscana para mostrar, desde las debilidades de nuestro mundo, que la lectura del santo de Asís nos podía ayudar a vencer el individualismo y el egoísmo que a todas luces parece mover nuestro mundo, especialmente en la política y la economía y que hace sufrir a los hombres y mujeres de la calle, que cada mañana se levantan con ganas de construir su vida y se ven limitados.

La novedad franciscana es recuperar la idea que siempre rondaba a San Francisco de Así: que, o éramos hermanos unos de los otros, o difícilmente podríamos un construir un mundo de paz. Y para ello se necesitaba el sabernos hijos de un mismo Dios y una relación directa y honesta de unos con los otros. Y cuando hablamos del otro debemos pensar en el diferente, el último de la sociedad, el descartado del mundo y el que tiene una cultura distinta a nosotros pero que desde la acogida y el respeto se puede dialogar, buscando puntos de encuentro, sin caer en relativismos modernos.

La vida se conquista cada día

Una de las cosas importantes que nos recuerda la encíclica y que las personas de a pie conocen, es que la vida se conquista cada día. No es algo que se tenga ganado de una vez para siempre. Las relaciones humanas como los grandes acontecimientos de la historia, no se conquistan y ya está, o se cuidan cada día o acabamos volviendo a nuestras viejas malas costumbres. Y nuestra sociedad se ha olvidado que debemos vivir de la fraternidad para fomentar el alcanzar nuestros propios deseos y egoísmos.

Hemos construido una sociedad donde términos como ‘abrirse al mundo’, que en ocasiones hemos interpretado como escucha y acogida, ahora significan no tener miedo a lanzarnos a un mundo de mercado distinto de nuestro entorno, romper nuestro mundo de confort para conquistar nuevos lugares y ampliar nuestro mercado, y así alcanza cuotas de poder, aunque sea en la soledad del que llega arriba.

Unido a ello, nos encontramos con que la política que debería constituirse en motor de relaciones y constructora de la vida de la sociedad, se encuentra manipulada y manejada por intereses económicos, de tal forma que la política sólo sirve para descalificarse unos a otros, sin ser constructora de relaciones, y lo que es peor construyendo una cultura del egoísmo que rompe las tradiciones culturales que han sido capaces de construir una sociedad en relación.

En medio de este mundo sin una cultura de arraigo nacen los populismos que nos encierran más en nosotros mismos frente al que es distinto, y sean de la orilla que sean, estas nuevas organizaciones no piensan en el otro sino en si mismas. De tal forma que el que debe abandonar su tierra ya no sólo no es bien acogido en otros países, sino que sin importar las personas son usados como armas arrojadizas para fomentar una cultura del descarte, tratando de eliminar socialmente al que no piensa como nosotros.

La figura del buen samaritano

Desde nuestra fe, la figura del buen samaritano se hace imprescindible, no sólo para ver cómo debemos actuar desde nuestra relación con Dios y con el otro, sino sobre todo porque nos lleva a la necesidad de construir una antropología que tenga como centro a la persona y sus relaciones con los demás y la creación.

Cuando esta antropología suscita la acogida, entonces conseguimos que tanto exiliado, que no es necesario que venga de otros países, sino que se ha instalado en nuestra ciudad huyendo de la pobreza rural, seamos capaces de integrarlo en la comunidad social y religiosa, que sea capaz de crear cultura y le lleve a no sentirse desarraigado, con lo que ello conlleva de negativo para todos.

La encíclica ‘Fratelli tutti’ nos hace darnos cuenta que, si bien es cierto que debemos construir nuestro mundo desde la libertad y la igualdad, sin embargo, no podemos olvidar que la libertad no se basa en el individualismo de hacer lo que cada uno quiera, y no todos somos iguales, sino que en la diversidad está la riqueza.

Por ello, el Papa Francisco nos invita a buscar en el diálogo y el encuentro la mejor herramienta para superar los egoísmos. El diálogo no significa aceptar todo lo que se nos propone como válido, sino el buscar puntos de encuentro entre sociedades y personas. Este diálogo no es ni el que realizan los políticos echando en caras los defectos del oponente ni el que se produce en las redes sociales. El diálogo es cara a cara con la persona, reconociéndola como tal y en aras de alcanzar un bien común.

La familia y el perdón

Todo empieza desde la sencillez de la familia, que sufre alegrías y sin sabores, pero que también sabe perdonar y reconciliarse y esa alegría que se aprende a vivir en la familia debemos ser capaces de aportarla a la sociedad. El perdón no implica olvidar lo que ha pasado, el que olvida corre el riesgo de volver a cometer los mismos errores, por ello, no debemos olvidar, para construir desde las cenizas un mundo de reconciliación y de paz.

Como señalábamos al principio, el Papa Francisco nos recuerda que la economía no es mala en si misma, cuántos empresarios en este tiempo de crisis desde una mentalidad cristiana de compromiso y compartir han cuidado de sus trabajadores para que sus empresas y la vida de las familias de cada uno de ellos siga adelante. Sin embargo, hay una economía que debemos denunciar, es la globalizadora que anula a personas, que manipula a los gobiernos y no tiene en cuenta a los más desfavorecidos, destruyendo el lugar común de cada uno para construir unos fines egoístas.

Hace un año de la firma de la encíclica y queda mucho que construir para que podamos hablar de la existencia de una verdadera fraternidad universal. Pero no podemos olvidar que los pasos se deben ir dando, que la esperanza es un elemento fundamental en la vida del cristiano y que ante la adversidad no podemos dejarnos llevar por los ritmos que nos marca una sociedad enferma que necesita de las relaciones humanas para sanar y construir un mundo donde todos seamos hermanos.

Fray Miguel Ángel Escribano Arráez 

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