El altar (3)

En la Edad Media siguió el altar con las mismas formas descritas, imitando un sepulcro, ya de mesa con una o más columnas y casi siempre labrados en piedra. También se hicieron criptas debajo del altar y entonces se colocaban reliquias en una pequeña cavidad abierta en el soporte central de la mesa o en esta misma, envolviéndolas antes en un lienzo fino y encerrándolas en un recipiente de vidrio o pequeña caja de madera, sellada por el obispo consagrante del altar.

En esa época el altar mayor de cada iglesia continuó situado en el ábside principal o cabecera y en posición aislada. Sin embargo, al adoptarse los retablos en la época románica y, sobre todo, al tomar éstos gran desarrollo en los siglos XIV y siguientes, se tuvo que adosar el altar en la mayoría de las iglesias, dejando de estar accesible por todos los lados. Cabe mencionar que hubo épocas en las que se utilizaban las capillas laterales con sus propios altares, para celebrar la Misa, de ahí que el principal recibía el nombre de “altar mayor”.

Con la renovación del Vaticano II, se vuelva a recuperar que el “ara”, la “Mesa” del banquete eucarístico, que renueva la Cena del Señor, vuelva a ocupar el centro de la iglesia, aunque no quiere decir que sea el centro geométrico; -puede no estar colocado en el eje medio de la nave-, sino el lugar central que culmina y da expresión a nuestra acción de gracias.

El lugar normal del “altar” es cara a la Asamblea. Es cierto que desde la Edad Media se generaliza su situación de espaldas. Ha sido el movimiento litúrgico del Vaticano II el que ayudó a repensar la cuestión y comenzó a extenderse la praxis de situarlo cara a la Comunidad que celebra el misterio sacramental de la Eucaristía, de ahí que hemos vuelto a denominarlo “altar mayor” o la única, “mesa mayor” de la Iglesia. El altar debe ser el centro arquitectónico del presbiterio.

Es cierto que tras la reforma litúrgica, se solucionó de momento la cuestión de la Misa cara al pueblo colocando un altar provisional en medio del presbiterio. Digamos que se salió del paso, pero también es cierto y hay que decir que esa provisionalidad continúa, y ya ha pasado demasiado tiempo. Es preciso cuanto antes afrontar la construcción definitiva del altar, según la liturgia renovada, teniendo en cuenta que debe ir encajando en un conjunto que abarca además la Sede y el Ambón del que hablaremos.

Fr. Francisco M

 

Fray Francisco M. González Ferrera, OFM. 

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