La Liturgia: La acción más eficaz de la Iglesia

Desde su origen la Iglesia cree que la liturgia es su acción más eficaz, porque en ella Dios, por su acción de su Espíritu, actúa infinitamente de modo más real y potente de lo que actúa en cualquier otra actividad que la Iglesia pueda emprender.

Esta conciencia del Concilio Vaticano II fue expresada en Sacrosanctum Concilium cuando afirma: “Cada celebración litúrgica… es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (S. Concilium, 7). Creer que la liturgia es la acción más eficaz de la Iglesia requiere un serio camino de conversión personal y comunitaria, además de humana y pastoral.

Las condiciones de la secuela Christi que el mismo Jesús indica en los evangelios son y permanecen no solo para las condiciones de vida de cada cristiano individual sino también para las condiciones de la vida eclesial y de la actividad pastoral en su conjunto. En el relato lucano de Jesús acogido en la casa de Betania, donde María se pone a los pies de Jesús para escuchar su palabra mientras su hermana Marta se “afanaba por el servicio” (Lc 10,39), preocupada y agitada por muchas cosas, el estar contemplativo de María es acción litúrgica en el sentido más auténtico y profundo. Lo que María cumple es liturgia auténtica, porque es discernir la presencia de Dios, concediéndole a él la primacía, escuchando su Palabra y nada más. María de ese modo celebra al Señor, hasta el punto de que cada cristiano que celebra la liturgia encuentra en esta actitud de María su propia imagen. Se da una clara relación entre “los muchos servicios” de Marta y el único servicio de María. La avodá, el “servicio”, es el único acto de culto que el Señor ha pedido a su pueblo Israel: escuchar su voz. Jeremías recuerda que la escucha de su Palabra y no los sacrificios es el único y verdadero culto que Dios mandó a Israel. “Escucha mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo y os irá bien” (Jr 7,22-23). Escuchar es la única acción cultual pedida por Dios a su pueblo, es el único elemento esencial que él establece para el culto de Israel. Es el presupuesto necesario para aquella celebración de alabanza por la que Dios, según Isaías, ha formado Israel como su pueblo: “a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza” (Is 43,21). La escucha es el unum necesario para adorar al Señor, para que el culto sea verdadero.  Como Jeremías recuerda a Israel, Jesús recuerda a Marta el unum necesarium –“solo una –cosa- es necesaria”-, añadiendo: “María, ha escogido la parte mejor (optima pars), y no le será quitada” (Lc 10,42).

Entre las muchas actividades de las comunidades cristianas, la avodá, el “servicio” de Dios, la liturgia es la única cosa “necesaria”, es “la parte mejor” que ella puede elegir. Por muchas razones en las próximas décadas la Iglesia se verá forzada a disminuir, hasta renunciar a muchas de sus actuales actividades pero la escucha de la Palabra, la plegaria de intercesión, de alabanza y de acción  de gracias junto a la fracción del pan son la optima pars de la actualización de la Iglesia que, según la promesa de Jesús, “no le será quitada”.

En todo esto, el ministerio litúrgico de los presbíteros desarrolla un  papel fundamental. El presbítero tiene que ser invadido por la conciencia de que las acciones sacramentales que él preside en nombre de Cristo y en nombre de la Iglesia son las acciones más eficaces de su ministerio y ninguna otra actividad que él realiza es semejante a esta, son igualmente eficaces. Creer que la liturgia es la acción más eficaz de la Iglesia significa ante todo creer que ella es aquella realidad que más que ninguna otra puede descentrar completamente no solo al presbítero de él mismo, de sus propias convicciones, capacidades y estrategias, sino también de lo que él quiere hacer de liturgia o, mejor, de lo que él quiere que sea la liturgia. La eficacia propia de la liturgia es el principal antídoto de su instrumentalización. A veces se tiene la impresión de que algunos comprenden y viven la liturgia como un mero instrumento que les garantiza tener cada domingo una asamblea a su disposición, a la que transmitir las enseñanzas de cualquier género. Reducir la liturgia a esto, significa no creer en su eficacia y, de alguna manera, que es solo y únicamente la Palabra del Señor la que habla al corazón de los hombres y no las palabras humanas. No creer que es solo el Espíritu Santo, por la Palabra y los sacramentos, quien engendra, nutre y hace crecer la vida de fe de los cristianos y no agitarse tanto en las innumerables, afanosas y a veces hasta agobiantes actividades pastorales. El cardenal G. Danneels destacó con fuerza cómo la liturgia tiene su origen y su fin en sí misma:

            *La liturgia se ha convertido en una escuela. En ella se quiere poner de todo. Ella, en cambio, tiene que ser una actividad simbólica y lúdica. La verdadera liturgia se celebra en los monasterios. ¡Allá, al menos, no sirve a nada! No es catequesis y las homilías se hacen con pocas palabras: no tiene nada de artístico, pero es bella en sí. Consiste en la acogida gustosa de Cristo por medio de la acción litúrgica. El alma y el cuerpo son capturados, aunque la inteligencia no entienda todo.

La Iglesia del mañana o será litúrgica o no será plenamente ella misma, en el sentido que o redescubrirá la primacía de la acción de Dios que es primacía de la escucha de la Palabra y primacía de la celebración de la fe, o se verá amenazada por la pérdida de algo esencial. Para los presbíteros, ejercer con arte y sabiduría el ministerio litúrgico significa trabajar desde ahora por una Iglesia menos organizativa y más contemplativa. Esto es, discernir el unum necesarium; esto es, elegir la optima par que no se le quitará jamás.

Hace falta invertir un mayor número de fuerzas y espirituales en la liturgia y en la vida sacramental, con la certeza de que la liturgia es más necesaria que el útil, a pesar de las fatigas y de las incomprensiones de los que minimizan y desconocen su importancia. La valorización del espacio litúrgico, del arte, del canto, de la música, del sonido de un instrumento, de la búsqueda de la belleza de un gesto, de un tejido, del perfume de un incienso no tiene que ser considerados inútiles e innecesarios.

            “La liturgia (C. Campo) –como la poesía- es resplandor gratuito, derroche delicado, más necesario que útil”.

De verdad, la liturgia es más necesaria que útil, porque la liturgia tiene su raíz en aquel vaso de nardo precioso que una mujer vertió sobre la cabeza y sobre los pies de Jesús como profecía de su muerte. Tenemos la plena certeza de que Jesús quedó fascinado por aquel derroche encantador hecho hacia él, solo y sin otra razón por amor a él. Un derroche que el propio Jesús opuso a la miope filantropía de Judas que, personificando un papel que bien conocemos, reclamó su valor para los pobres. Conocemos la afirmación de Judas: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?” (Jn 12,5). Y es igualmente conocida la respuesta de Jesús: “Los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis” (Jn 12,8). Y es que “Dios no está siempre y no se queda por largo tiempo cuando está no tolera otro pensamiento, que la atención a él mismo”.

También Dios, como el hombre, ama los gestos gratuitos, gestos hechos solo por amor a él, como fue la unción del cuerpo de Jesús por parte de aquella mujer. “Y la casa se llenó de la fragancia del perfume”, dice el relato (Jn 12,3): desde entonces cada liturgia cristiana es “resplandor gratuito, derroche delicado, más necesario que útil”.

Es necesario custodiar la liturgia de la Iglesia y, custodiándola, ella transmitirá la fe de la Iglesia.  

Fray Francisco M. González Ferrera, OFM.

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