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  • Cada día con Francisco de Asís

Julio 16

Una vez, el bienaventurado padre Francisco, separándose de la gente que a diario acudía devotísima a oírle y contemplarle, se retiró a un lugar tranquilo, secreto y solitario, para darse allí a Dios y sacudir el polvillo que se le pudiera haber pegado en el trato con los hombres. Era costumbre suya distribuir el tiempo que le había sido otorgado para merecer la gracia, empleando parte, según lo creía conveniente, en bien del prójimo, y consagrando el resto al gozoso silencio de la contemplación.
Tomó, pues, consigo unos compañeros, muy pocos -los que mejor conocían su santa vida-, para que le protegieran del asedio y molestias de los hombres e, interesándose de su paz, la custodiaran.
Habiendo permanecido allí por algún tiempo y como por la continua oración y frecuente contemplación hubiese conseguido de modo inefable la divina familiaridad, sintió deseos de saber lo que el Rey eterno quería o podía querer de él. Con la mayor diligencia buscaba y con toda devoción anhelaba saber de qué manera, por qué camino y con qué deseo podría llegar a unirse más íntimamente al Señor Dios según el consejo y beneplácito de su voluntad. Este fue siempre su más alta filosofía, ésta la suprema ilusión que mantuvo viva a lo largo de su vida: ir conociendo de los sencillos y de los sabios, de los perfectos y de los imperfectos, como pudiera entrar en el camino de la verdad y llegar a metas más altas.

(1C 91)

V/ En alabanza de Cristo y su siervo Francisco.
R/ Amén.

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